Bali: “mi destino”

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Un día de aquéllos, conversando con amigos, saltó a la mesa el tema de los viajes, y por supuesto, la típica interrogante: ¿Cuál es para ti el lugar que calificarías como ‘inolvidable’?. Es que si le damos un par de vueltas a esto, resultará que siempre hay un lugar que -de alguna u otra manera- te marca.

En mi caso fue Indonesia, específicamente Bali. ¿Por qué se preguntarán ustedes? Por muchísimas razones, pero principalmente porque es de esos sitios que en cuanto llegas se te pone un nudo en la garganta, y que cuando los dejas te roban más que una lágrima. Y por lo mismo, les quiero contar acerca de Bali, de ese viaje y de sus pasajes imborrables, de esa conexión que me llevaría a volver cientos de veces.

Camino a…

Admito que no soy buena documentando mis viajes, así que es muy probable que haya olvidado algunos detalles, pero lo que si recuerdo – y que jamás podría borrar de mi memoria- son las sensaciones en las que me vi envuelta en cada localidad, en cada descubrimiento.

Mi primera parada fue Yakarta, básicamente por un tema de logística, y luego de haber pasado unos días maravillosos en Bangkok. Llegué de noche, por lo cual tuve que esperar hasta que amaneciera para ir a la estación de trenes y comprar un pasaje a mi siguiente destino: Yogyakarta.

La estadía en la estación fue un poco larga, en verdad fueron cerca de cinco horas, pero me entretuve conversando -o por lo menos intentándolo- con los lugareños. No todos hablaban inglés, aunque intercambiando una que otra palabra, más algunas frases que aprendí en indonesio, nos la arreglamos bastante bien. Después, ya en el tren, se sentó a mi lado una chica que -por suerte mía- estaba estudiando inglés, por lo que el trayecto fue súper ameno.

Cuando el tren se detuvo en Yogyakarta ya era de noche, entonces mi primera misión en esta localidad sería buscar un lugar para dormir, y para mi sorpresa, esto fue más complicado de lo que pensé. Pero tocando una puerta tras otra llegué a un extraño hotel, y con un aún más extraño recepcionista, quien con su poco inglés me preguntó si era o no casada ¿Con qué fin? No lo sé, quizás era un dato importantísimo para el check-in o bien fue parte de su coqueteo.

Me instalé rápidamente, y en tanto pude conectarme a internet me dediqué a buscar un sitio mejor. Mi idea era cambiarme antes de partir a mi primera actividad: visitar el templo de Borobudur, el cual se ubica en las afueras de Yogyakarta.

Ya en el nuevo hostal, me dirigí rápidamente a Borobudur y tomé un tuk tuk, que es un triciclo motorizado típico de la zona, hasta el templo. Y cuando por fin llegué a éste todo ese ajetreo fue ampliamente compensado: era increíble. “Borobudur” es el templo budista más grande del mundo y -como si fuera poca su majestuosidad- se emplaza entre dos volcanes y dos ríos, e incluso existe la creencia de que podría haber sido construido para ser la tumba de Buda. Pero no sólo fue lo imponente de este lugar lo que se robó mi atención, sino que también los turistas locales, ya que cada cien metros que recorría éstos me pedían una fotografía, casi como si fuese un “rock star”.

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Me quedé una segunda noche en Yogyakarta, pero sentía que necesitaba tranquilidad, así que me olvidé de los viajes vía terrestre y compré un vuelo directo a Bali. Al llegar tomé un taxi y me fui directamente al hostal que había reservado en Ubud.

Mi bienvenida en Ubud estuvo marcada por la sorpresa, pues cuando llegué a la supuesta hostal ésta ya no existía. Sin embargo, esto no me desalentó, y la agencia de turismo -que ocupaba ahora el sitio del hostal- me recomendó un lugar para quedarme. De esta manera, y dejando atrás el impasse, me dejé envolver por la magia de Ubud, la misma que te lleva a desconectarte de los problemas y que te invita a entregarte por completo al disfrute.

Tenía pensado estar muy pocos días en Bali, con el fin de tener el tiempo suficiente para recorrer las famosísimas Gili Islands. Aunque, debido a ese encanto y esa paz me entregó Bali, prometí regresar y terminar mi viaje de dos meses en este lugar.

¡A conocer Gili!

Así, con una sensación entre entusiasmo y nostalgia por volver, me subí a la van que me esperaba muy temprano afuera del hostal, y me dirigí -junto a una chica que también se hospedaba allí- a Gili Trawangan. Al rato, me di cuenta que ésta era española, por lo que nos fuimos conversando todo el camino e incluso decidimos quedarnos en el mismo hostal.

Encontrarme con esta chica fue de lo mejor, éramos bastante parecidas, y por ende, congeniamos bien. Arrendamos una bicicleta y recorrimos ‘toda la isla’, suena bastante, pero en realidad no fue más de una hora. Luego nos dejamos caer en un bar frente a la playa y seguimos disfrutando del día, insertas en una especie de relajo máximo. En tanto, durante la noche, vimos mucho movimiento en los diferentes bares, varias fiestas y -por lo mismo- es muy fácil conocer gente de todos lados, y lo bueno es que todos andan en la misma onda que uno: pensando sólo en pasarlo bien.

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Estuvimos tres días en Gili Trawangan, los cuales los dedicamos a las playas y a los bares, lo necesitábamos y lo sentíamos como una especie de premio más que merecido. Y ahí, entre tanta gente, durante mi última noche conocí a un chico español, quien dijo que se uniría a mi siguiente destino: Lombok.

Llegué a Lombok y no tenía nada planificado, tampoco conocí a nadie en la ruta para coordinar algo ¿Por qué? Porque me lo dormí todo. Entonces, sin mayores antecedentes, me bajé del transfer donde me tincó y caminé hasta encontrar una hostal que me pareciese interesante, eligiendo finalmente quedarme en Senggigi. Dejé mis cosas, y con las ganas de siempre, salí a recorrer.

Me llamó la atención el que hubiese tan poca gente en Senggigi, tanto en la playa como en las calles. No obstante, por suerte conocí a una chica holandesa, con quien compartí un día de playa y -por supuesto- también una cerveza. Luego llegó David (el español de Gili T) y arrendamos una moto. Esto, con el propósito de ir a una reserva natural, cuyo atractivo principal era una cascada. Sin embargo, llovió torrencialmente durante todo el camino, y lo que parecía que se iba a volver una jornada tranquila fue hasta incluso un poco peligrosa, debido a los caminos inundados y a que la luz del día se apagaba. Afortunadamente salimos airosos de esta situación y ahora sólo cuenta como una anécdota.

Lo malo fue que la lluvia torrencial no nos permitió realizar muchas actividades, por lo que optamos por estar en Lombok un máximo de tres días. En vista de ello, y con muchas ganas de volver a Ubud,  decidimos tomar el barquito desde el mismo Senggig hacia Ubud.

¡Por fin en Bali!

Ubud nos recibió con sus brazos abiertos y nos hizo sentir como en casa, ¡qué agradable es sentirse así!, especialmente cuando uno ya lleva un buen tiempo viajando. Me quedé en una hostal muy acogedora, aunque David se tuvo que quedar en otro lugar porque las reservas estaban full. Recorrimos el parque de los monos, visitamos los templos, fuimos al volcán Batur y a las terrazas de arroz.

También comimos bien y abundante, tomamos mucha cerveza y bailamos. Además, tuve la posibilidad de tomar clases de Yoga durante cinco días, es que aquí el Yoga es parte de la vida y hay muchas opciones en donde apuntarse. Y sí transcurrieron los días, conversando con mucha gente, caminando por todos los rincones sin importar si hubiese lluvia o sol, yendo de shopping y leyendo, sintiendo como mi energía crecía y crecía a cada instante.

Es que me encantó Bali, fue su gente, su comida, sus pasajes, los momentos vividos. Por fin había encontrado un lugar en que el amor se multiplicaba de forma exponencial, era el amor en todo su esplendor, el amor a la vida, al universo, a todo.

Antes de volar de regreso a Australia y culminar esta enriquecedora aventura, David arrendó un auto y nos fuimos a Uluwatu, para más tarde finalizar nuestro recorrido con una cena y baile en Kuta. Fueron días que jamás podré olvidar, porque más allá de lo lindo de sus paisajes- que evidentemente lo son- es su ambiente el que te marca, tanto así que cuando iba camino al aeropuerto las lágrimas se apoderaron de mi rostro, pues no quería abandonar esa sensación de energía y plenitud.

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Es que como lo dije en un principio: Bali es el destino al que volvería una y otra vez. Y por lo mismo, hoy nos encontramos coordinando el viaje “Bali 2018”, y de esta manera, poder compartir con ustedes lo maravilloso de esta localidad. Ni todas palabras del mundo podrían llegar a transmitir lo que sentí allí, sólo lo experimentarán cuando pisen territorio balinés; territorio feliz.

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