Por siempre Bali…

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Pensar en Bali es pensar en espiritualidad, en encontrar ese no sé qué que cada cierto tiempo andamos buscando, es invadirse de la tranquilidad de sus campos arroz y es-a la vez- la oportunidad de reencontrarnos con el Yoga y la meditación. Para nosotras fue eso y más…

Es que cuando planeas un viaje a Bali la maleta se llena con expectativas, y esta vez eran muchas, especialmente con respecto a Ubud, ese pequeño oasis ubicado en el centro- sur de la isla de Bali caracterizado por una gran vida cultural y por ser la puerta que te lleva al Bali real.

Pero más allá de este sitio, nuestro itinerario en Indonesia incluía también a Kuta, además de las islas Nusa Penida y Nusa Lembongan, de las cuales les hablaré en un próximo post. Así que por ahora los invito a sumergirse en Bali y a que evalúen si es hora de visitar esta “tierra de dioses”.

La (¡muy!) turística Kuta

Tras aterrizar en el Aerpuerto Internacional Ngurah Rai, en Depansar, nos dirigimos inmediatamente a nuestra primera parada: Kuta.

Al atravesar sus calles, notarás inmediatamente que se trata del centro turístico de Bali, no solamente por un exceso de tráfico, sino también por la gran cantidad de comercio que repleta sus pasajes principales, y que lamentablemente, nos hace olvidar de que estamos en Bali.

Si bien, siempre supimos que este no era un lugar precisamente para relajarse, nos sorprendió ese caos y esa inclinación un tanto excesiva hacia el turista. De hecho, debo admitir que fue el lugar que menos me gustó de Indonesia.

Para hospedarnos, elegimos un hotel ubicado en una de las calles principales, específicamente en Jalan Benesari Kuta. La elección no sólo apuntó a una combinación de precio y calidad (Aprox. 20 dólares por noche para dos personas con desayuno incluido), sino también que las habitaciones se encontraban en lo que había sido un antiguo templo budista, muy en línea con lo que buscábamos.

Obviamente que lo primero que hicimos fue un recorrido general, para luego ir a ver el atardecer a la playa. Sí, esa misma que está repleta de surfistas y turistas. La verdad no fue una postal tan paradisíaca, pero al menos quienes daban sus primeros pasos en el surf se veían bastante felices.

Si buscas música y bares hallarás por montón, pues Kuta es también el centro de la fiesta. Por lo mismo, terminamos la noche bailando y tomando algunas cervezas, y hasta –para sorpresa nuestra- tocaron uno que otro reggaetón.

Al día siguiente partimos al templo de Uluwatu, para lo cual tomamos uno de esos taxis de color azul que pasan por una de las avenidas principales, y tras un regateo aceptó llevarnos a dicho recinto por unos 40 dólares (esperarnos y traernos de vuelta a Kuta).

“Uluwatu Temple” está ubicado en un acantilado, siendo por lo mismo la vista su mayor atractivo. Allí, inserto en un mar de engañosa calma apariencia y rodeado de flores y monos, Uluwatu se muestra en toda su majestuosidad. Además, visitar éste implica disfrutar de una caminata, recorriendo algo así como una especie de muralla china a pequeña escala.

Si lo que buscas es fiesta, olas y mucho comercio seguramente te encantará Kuta, pues tiene de sobra todos estos elementos. No obstante, si quieres tranquilidad, tu opción será huir y dirigirte a otro destino, ¿Alternativas? Los alrededores de Ubud.

El encantador Ubud 

Llegar a Ubud fue siempre nuestro propósito. ¿La razón? Porque desde allí nos conectaríamos con el verdadero Bali, ese más asociado a la espiritualidad y en donde intentaríamos ir por esas respuestas a aquellas preguntas que cada tanto llegan a invadir nuestra mente.

Los primeros días nos hospedamos en la parte céntrica de la ciudad, para así poder desplazarnos a todos lados con facilidad. Y la verdad es que nos funcionó muy bien, porque desde allí pudimos ir caminando a diversos lugares y coordinar algunos tour.

Las calles de Ubud son encantadoras, y aunque todo está muy dispuesto y preparado para el turista, no deja de ser cautivador. De igual manera, debemos mencionar que hoy se ven muchísimos turistas, mucho más que hace un par de años atrás.

Llegamos con hambre y calor, así que lo primero que hicimos fue lanzarnos a la piscina y luego ir a comer, un tanto desesperadas por algo que no incluyera arroz ni noodles, nuestra comida durante gran parte del viaje.

Tras ello, caminamos por el centro, fuimos a sacar nuestros tickets para las clases de yoga y meditación en The Yoga Barn y terminamos tomando uno que otro trago en un bar llamado “The laughing buddha”, en donde bailamos y disfrutamos de música en vivo.

Al día siguiente, y como había sido la tónica a lo largo de esta travesía, nos levantamos temprano, ahora para hacer un pequeño trekking en Campuhan Ridge Walk. Se trata de una ruta donde predomina una vegetación abundante, cuyo protagonista son las terrazas y campos de arroz, y un lugar en el que por fin nos sentimos cercanas al verdadero Bali, dejando de lado todo esa parafernalia preparada para el turista.

Pero además de ofrecernos un entorno natural sobrecogedor, en medio del camino nos topamos  con el Templo Pura Gunung Lebah, una construcción que data del siglo VIII y que tiene como finalidad honrar a la diosa Batur, protectora del lago que lleva el mismo nombre.

La edificación es majestuosa, y el dorado de sus cúpulas contrasta a la perfección con la vegetación, una postal que no te puedes perder, además es gratuita.

Ya en la cima, puedes encontrar pequeños locales en donde beber algo (¡lo necesitarás!) y comprar algún recuerdo. De hecho, aprovechamos de comprar algunas pinturas típicas balinesas en puesto de un artista muy parecido al personaje de Ketut de la famosa película “Comer, Rezar y Amar”.

Durante la tarde, y como habíamos hecho también el resto de los días, fuimos a nuestras clases de yoga y meditación en The Yoga Barn (www.yogabarn.com), un plumón verde en el centro de la ciudad, y en el que además de tomar clases puedes relajarte y disfrutar de comida sana y de unos tradicionales batidos nutritivos, ideales para después de la práctica.

The Yoga Barn dispone de distintos planes para asistir a sus clases, de esta manera, puedes -por ejemplo- comprar para tres clases, e ir mezclando yoga con meditación, o bien comprar para todo un mes si es que así lo deseas.

Posteriormente, nos embarcamos en la que sería una de las jornadas más memorables de nuestro paso por Ubud: una clase de cocina con una familia local. Nuestro guía y anfitrión nos pasó a buscar cerca de las 7 de la mañana, ya que nuestra primera parada sería el mercado de frutas y verduras, el cual cierra a las 10 de la mañana.

Allí conocimos las distintas especies, nos deleitamos con su diversidad y aromas, y ahondamos en los ingredientes infaltables de la comida balinesa. Y como bonus track, durante el camino nos detuvimos en un campo de arroz, en donde Yadud nos explicó todo el proceso por el que tiene que pasar este cereal antes de llegar a nuestra mesa.

Y ya era tiempo de cocinar, tiempo de conocer cómo vive una familia local y cuáles son las tradiciones que los caracterizan. En vista de ello, Yadud nos explicó las diferentes áreas de la casa que ocupaba cada integrante de la familia de acuerdo a su edad y nos enseñó también a hacer las ofrendas florales, esas que tres veces al día vemos que colocan en las entradas de las casas.

Luego pasamos a una extensa área en donde se desplegaban los ingredientes y las cocinillas, y nos dispusimos a preparar Balinese Satay, muy parecido a una brocheta de atún a la parrilla (con deliciosos aliños). Asimismo preparamos Nasi Kuning que es un arroz amarillo y Rolled Cake, unos exquisitos panqueques verdes rellenos con mermelada y coco.

Nuestro último día lo usamos en ir al famoso The Monkey Forest, y que – como bien lo dice su nombre- está repleto de monos, y por lo mismo, deben tener mucho cuidado, pues si andan con alimento o algo llamativo en las manos se lo podrían quitar e incluso morder. De igual manera, es recomendable que eviten llevar lentes de sol o sombreros, ya que suelen ser elementos atractivos para los monos, quienes finalmente terminan robándolos.

The Monkey Forest es un santuario natural y hábitat del mono balines de cola larga, allí no sólo es cuidado, sino también venerado. Esto último se ve reflejado en los templos en su honor que están insertos en este recorrido, el cual supera las 27 hectáreas.

Sin duda, Ubud fue la parte preferida de nuestro paso Bali, lo fue por su gente, por su cultura, por darnos eso que buscábamos: el Bali real, no el preparado sólo par satisfacer a los turistas.

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