Sri Lanka: cautivadoramente salvaje

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Si hay algo que me gusta de los viajes es el misterio. Por lo mismo, no me inclino mucho por los destinos muy populares, pese a que reconozco haber ido a algunos. Y en eso estaba, buscando algún lugar fuera de lo común, cuando ante mis ojos apareció Sri Lanka, específicamente una foto de unos elefantes en medio de un parque.

Desde ese momento empecé a considerar a Sri Lanka como una alternativa, y a su favor jugaba que: primero, no conocía a nadie que hubiese ido, y segundo, lo envolvía ese halo de misterio que me encanta. Por todo esto, quería compartir con ustedes mi experiencia – con todo detalle- en este país asiático. Y recalco “con todo detalle”, pues como recordarán había tomado esta travesía como ejemplo para contarles cómo planificar un viaje, recordémoslo aquí.

Día 1 – Llegada a Sri Lanka:

Arribamos al aeropuerto de Colombo, ciudad en la que nos estaría esperando un chofer, el cual contactamos desde Chile y cuyo rol era llevarnos en este recorrido por Sri Lanka; una práctica – al parecer- muy habitual aquí. La primera tarea de Mike, nuestro driver, sería llevarnos a nuestro hostal en Negombo. Pero no fue tan fácil dar con éste, de hecho, se tardó más de una hora en encontrarlo, así que se nos hizo tarde y sólo alcanzamos a comer algo durante el trayecto.

 

Día 2 – Paraíso de Elefantes :

Pese al cansancio nos levantamos cerca de las 5 a.m, y entonces, la familia dueña del hostal nos sorprendió con un lindo detalle: nos dio desayuno para llevar. Así, preparados para el camino, fuimos directo al Orfanato de elefantes de Pinnawala, ¡Por fin cumpliría mi anhelo! Llegamos justo cuando estaban abriendo sus puertas, gracias a lo cual pudimos ver a los elefantes desayunar. Si bien, el famoso desayuno es parte de un show, en donde toman a un elefante y mientras le dan una mamadera lo hacen posar para las fotos, también pudimos ver a muchos otros que circulaban libremente en un sector rodeado por montañas y un frondoso bosque, siendo esta última la única parte buena del orfanato.

Pero el día aún no terminaba, y por suerte, lo mejor estaba por venir. Esto, ya que saliendo del orfanato, y tras cruzar la calle y llegar a una especie de mercadito, logramos presenciar un desfile de elefantes: ahora sin poses ¡viva la naturalidad!

Luego, nos trasladamos a Sigiriya, una localidad a unas dos horas del orfanato y que es conocida por estar cerca de Lyon Rock, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Fue algo así como un hallazgo antropológico, similar a Machu Picchu, pero lamentablemente no tan bien preservado.

Comenzamos el ascenso con 32°C, y ante nosotros nos esperaba una fila eterna. Sin embargo, la vista era espectacular, así que nos tomamos todo el tiempo necesario para disfrutarla y -a la vez- descansar.

Cuando nos disponíamos a bajar, las nubes comenzaron a tapar el cielo y a insinuarnos que llovería, para mí algo muy irrelevante porque ¡adoro la lluvia! No obstante, nuestro chofer no compartía la misma opinión, ya que decidió dar por terminadas las actividades del día por dicha razón.

Así que, para tomarlo por el lado bueno, optamos por descansar y comer algo rico,  mientras de fondo escuchábamos la fuerte lluvia. Al rato, nos tentamos por salir a explorar, pero nos recomendaron no ir, pues podría volverse peligroso si llegáramos a encontrarnos con elefantes salvajes ¡Wow!

Día 3 – Tea time:

Nuevamente nos levantamos muy temprano, aunque esta vez había un poco de luz, así que salimos a buscar los elefantes. Sí, lo reconocemos: somos porfiados, pero con luz sería más fácil actuar. Sin embargo, lamentablemente sólo vimos perros y ardillas.

Por otro lado, un dato importante fue que nos quedamos en Liyon Rest en Sigirya. Fue una noche con desayuno incluido, (bastante bueno) y driver accommodation incluido por un total de 5.270 rupias (33 USD): ¡Absolutamente recomendado!

Luego, tras el desayuno, fuimos camino a Dambulla, y allí paramos en un precioso templo budista. La verdad, he visto tantos que ya no me entusiasman demasiado, pero mi partner nunca había estado en uno, así que le dedicamos algunos minutos.

Al rato partimos rumbo a Kandy, y en la mitad del camino paramos a un “Spice Garden”, algo que no teníamos contemplado. Sin embargo, fue bastante interesante saber que en Sri Lanka ocupan muchas especias para tratamientos de salud y de belleza. Al final de la muestra, nos ofrecieron todo tipo de productos fabricados con plantas y especias, a mi parecer bastante caras, pero en fin: business are business.

Llegamos a Kandy, el calor era sofocante y el driver se perdió infinitas veces hasta dar con el Jardín Botánico. Y si bien éste era muy lindo, no tenía nada que envidiarle a otros que hemos conocido, pero lo peor fue la diferencia de precios (turistas: 1.500 versus locales: 100 rupias), algo incomprensible un lugar en el que no pasamos más de 30 minutos.

Así que, un poco decepcionados y sin almorzar, decidimos seguimos nuestra ruta hacia Nuwara Eliya. También nos detuvimos en un tea factory, en el cual nos explicaron los tipos de té que existen y el proceso completo asociado a estos, desde que sacan las hojas hasta que los exportan. Luego, nos trajeron una muestra de las diferentes variedades de té, todas deliciosas, y por supuesto, nos ofrecieron sus productos para comprar.

El camino a Nuwara Eliya tiene bastantes curvas, aunque eso no le resta belleza, pues hay plantaciones de té repartidas en las montañas y se pueden encontrar cascadas tan sólo a un costado del camino, y obvio que no pudimos evitar ir a una de ellas. Se trata de Ramboda Falls, bastante impresionante y rodeada de plantaciones de té.

Aquel día fue un poco intenso, sobre todo porque fuimos a muchos lugares y casi todo se trató de dinero y más dinero (¡algo para nada agradable!). Además, nuestro driver parecía estar de acuerdo con esa práctica, ya que únicamente quería llevarnos a lugares donde lo primordial era gastar.

Pero sólo queríamos descansar, comer y tomar una cerveza bien helada. Así que cuando llegamos a Nuwara Eliya lo primero que hicimos fue buscar un bar o restaurante, y fue entonces cuando tuvo lugar nuestra peor pesadilla: no vendían alcohol por ser un día feriado, específicamente “Nikini Full Moon Poya Day”, la fiesta regional parsi.

Día 4 – Tren a Ella:

Un poco agotada por la situación de ayer, y dado que el driver seguía con la dinámica de llevarnos a lugares para gastar, hablé con él y le dije que queríamos más naturaleza y tan sólo caminar. Ahí atinó y nos llevó a unos campos de té, en los cuales me perdí y me desconecté -¡por fin!- un rato.

Sinceramente, no recomendaría para nada Nuwara Eliya, si no fuera porque es el punto de partida para la ruta de dos horas y media en tren a Ella, y que en verdad ofrece una panorámica maravillosa, gracias a su entorno natural.

En la estación de Nuwara Eliya, llamada “Nanu Oya”, esperamos el tren por más de una hora, pero -pese a ello- diría que es una experiencia altamente recomendable. Durante el trayecto, aprovechamos para hablar con unos chicos de Egipto, nos sacamos fotos, apreciamos el paisaje, -y en mi caso- incluso pude tomar una siestecilla.

Llegando a Ella, sugerimos ir inmediatamente al Nine Arch Bridge, que es un puente que fue construido por los ingleses en la época de la colonia en Ceylan. Éste es realmente lindo, y al estar rodeado de tanta naturaleza, se convierte en un punto imperdible para tomarse fotos, de hecho, había muchísima gente haciendo eso.

A Ella, lo podríamos describir como un “adorable pueblito de montaña”, en donde hay muchos más turistas que en las otras ciudades. Sin embargo, aquí por fin pudimos encontramos cerveza, y una hamburguesa para hacer un break del curry.

Día 5 – El safari, lejos lo mejor:

Ésta se convertía en una de las pocas jornadas en la que no salíamos de madrugada, ya que partimos alrededor de las 9 horas. Primero, iríamos a un safari en Yala, el cual ya había acordado con mi ‘driver original’, pero Mike (el chofer que finalmente nos acompañó en nuestra travesía por el país) se complicó  demasiado tan sólo porque no lo tenía anotado en su hoja.

Además, fuimos a parar nuevamente a un lugar en el que nos estaban cobrando un precio excesivo, ahora por hacer el safari. Así, completamente molestos, empezamos a hablar con otros turistas acerca de los precios y del safari, y parecía algo insólito: lo administraba una especie de mafia.

Entonces, empezamos a dudar sobre si tomarlo o no, pero finalmente nos hicieron un precio y partimos. La verdad es que estábamos súper motivados con ver la fauna local, pero la actitud de esta gente casi nos hizo desertar. Por lo mismo, y sin muchas expectativas partimos en un jeep junto a dos chicos, quienes gracias a su ‘buena onda’ contribuyeron a mejorar nuestro estado de ánimo, aparte tenían un muy buen ojo y detectaban con mucha facilidad a los animales que se escondían tras los arbustos.

De esta manera, pudimos ver todos los animales que teníamos en nuestra wish list: monos cola larga, muchos elefantes, ciervos, cientos de búfalos, cerdos salvajes e incluso dos leopardos. Fue una tarde increíble, la cual fue coronada por un bello atardecer camino al punto de partida, en donde se encontraba nuestro driver.

Llegamos tarde de esta aventura, y aún teníamos que ir a Hikkaduwa, lo que por lo menos implicaba un trayecto de tres horas bordeando el mar. Y, aunque probablemente ya lo imaginen; les cuento que nuestro driver no estaba para nada de feliz. Esto, sumado a otras situaciones desagradables, nos llevaron a tomar la decisión de cancelar su servicio a partir del día siguiente.

Avisamos al hostal que llegaríamos tarde, y menos mal que lo hicimos, porque el dueño nos estaba esperando sólo a nosotros. Éste nos atendió de maravilla, conversamos mucho y nos regaloneó con una tradicional tacita de té.

Día 6 – Freedom…!

Terminar el servicio del driver, además del Safari, se habían convertido en nuestros mejores momentos del viaje, aunque pueda sonar algo extraño. Es que por fin teníamos la libertad de decidir dónde ir sin escuchar quejas y aguantar caras largas. Y así, muy felices, continuamos descubriendo los encantos de Hikkaduwa.

Nos levantamos muy temprano y fuimos a caminar por la playa. Luego, volvimos a desayunar, ahí nuevamente nos topamos con el dueño, quien tuvo la gentileza y el bonito detalle de cocinar para nosotros. Éste también nos acompañó mientras comíamos, y entonces aprovechamos de comentarle todo lo que habíamos pasado hasta llegar allí, lo que incluyó desde el servicio brindado por el chofer hasta la gran diferencia de precios que había que pagar siendo turista, en comparación a lo que pagaba un local. Por su parte, él nos contó que  llevaba trabajando con su hostal y una línea de taxis desde hace 26 años, y que esta queja la ha escuchado siempre de parte de los turistas.

En medio de esta conversación, también le preguntamos acerca de dónde podíamos arrendar una moto, es que ¡teníamos muchas ganas de hacerlo!. En dos segundos, Sirimal (el dueño del hostal) llamó a un amigo, y en media hora ya la teníamos en nuestro poder. De esta manera, y tras dejar kilos de ropa en la lavandería, fuimos en moto a Galle y Unawatuna.

Recorrimos mucho, nos perdimos y llegamos a playas de una belleza indescriptible. Fue una experiencia única: es que todo se siente tan diferente cuando tienes tal libertad. Almorzamos en un restaurante en la playa, tan delicioso que aún puedo recordar con sumo detalle los sabores que componían aquel curry.

Posteriormente, seguimos nuestro camino con un objetivo en mente: encontrar una playa en la que -como la clásica postal de Sri Lanka- se vislumbra una palmera con una cuerda, en donde te puedes balancear. Y ese spot lo encontramos en Dambulla Beach, pero tienes que hacer una fila extensa y pagar para sacarte la foto; algo muy ficticio e incluso un poco burdo. Por lo mismo, no optamos por la foto y sólo nos dedicamos a disfrutar de la playa.

Luego, fuimos rondeando la costa sin parar, hasta que nos topamos con un solitario swing: ¡ésta sería nuestra postal! Así que nos dedicamos a disfrutar de ese momento, mientras el sol se escondía en el mar. Tras ello, volvimos a Hikkaduwa y allí nos dedicamos a comprar algunos recuerditos y comer como los dioses en un restaurante llamado “Refresh”, que está frente al mar y que nos recomendó nuestro queridísimo Sirimal.¡Este día fue excelente! de principio a fin, por lo cual teníamos cero ganas de irnos de Hikkaduwa.

Dato importante:

  • Nos quedamos en Villa Goodwill Paradise en Hikkaduwa.
  • 2 noches con desayuno incluido (excelente): 43 USD
  • Su dueño es Sirimal Manawadu.

Día 7 – Say Goodbye

Desayunamos muy temprano, pues había llegado el momento de partir a nuestro siguiente destino: Maldivas. Y, como habíamos despachado al driver, Sirimal nos contactó a uno de sus choferes para que nos llevara al aeropuerto de Colombo, a unas 2.5 horas de la localidad y por 8.000 rupias (50 USD aprox).

Las emociones vividas en este viaje fueron diversas. Por un lado, la oportunidad de conocer nuevos lugares y culturas siempre la agradeceremos. Sin embargo, si tuviera que dar algún consejo, sería no optar por un chofer, ya que -en nuestro caso-  además de haber sido incómodo debido a su mal carácter, preferimos los viajes que involucran más independencia y flexibilidad. Es que me gusta intrusear en todas partes, y no sólo donde alguien ‘quiera’ llevarme.

Cabe mencionar que estos post no tienen ningún tipo auspicio, pero aún así me gusta destacar algunos lugares que de verdad brindan un servicio de calidad y son altamente recomendables.

 

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